Archive for the ‘Educación’ Category

Intervención de Emilio Calatayud, Juez de Menores de Granada

Jueves, Noviembre 6th, 2008

Articulo recopilado por: Adelina Alcántara 

Fuente: Miguel Angel Mata (Blog sobre derecho y nuevas tecnologías) 

04/10/2007

A través de “Buenos días, Silicon Valley” llego a un video protagonizado por Emilio Calatayud Pérez, Juez de Menores en Granada. La intervención se produce en la V Tertulia del Consejo Escolar organizada por la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid y que tiene como título Familia y Escuela ante la Prevención de Conductas de Riesgo. En el mismo nos habla de la educación que se les da hoy día a los menores y de cómo, según sus palabras, “estamos perdiendo el norte”. El video no tiene desperdicio, como tampoco lo tienen sus reflexiones y argumentos. Os dejo con él:

1ª parte

http://www.youtube.com/watch?v=K2GTauJT5Vg

2ªparte
http://www.youtube.com/watch?v=91gDdSSX_jk

Actualización 1 (05/11/2007): Buscando información adicional sobre el Sr. Calatayud encontré un libro que ha publicado este mismo año, en la Editorial Dauro, y que lleva por título “Emilio Calatayud: Reflexiones de un juez de menores“. Lo buscaré para conocer más de sus sentencias ejemplares.

Actualización 2 (10/12/2007): Los que estéis interesados en profundizar sobre la normativa en materia de menores, os informo que la Fiscalía General del Estado ha puesto a disposición en su página web la “Circular 1/2007, de 6 de noviembre de 2007, sobre criterios interpretativos tras la reforma de la Legislación Penal de Menores de 2006″ (descargar en formato .doc). 

Si os interesa aqui os dejo la página web de este juez de menores: http://www.emiliocalatayud.com/

Flor roja de tallo verde

Domingo, Septiembre 14th, 2008

Artículo recopilado por: Vicky Albert

Fuente: http://karussiablog.blogspot.com/2007/01/flor-roja-de-tallo-verde.html

Una vez un niño fue a la escuela y era bien pequeño. Y la escuela era bien grande, pero cuando el niño vio que podía ir a su clase directamente desde la puerta de afuera, se sintió feliz y la escuela no le parecía tan grande, así.

Una mañana, cuando hacía poco que estaba en la escuela, la maestra dijo:

-”Hoy vamos a hacer un dibujo”.

“Bien”, pensó . Le gustaba mucho dibujar. Y podía hacer todas las cosas, leones, tigres gallinas y vacas, trenes y barcos y tomó su caja de lápices y comenzó a dibujar.

Pero la maestra dijo: “¡Esperen! no es hora de comenzar”.

Y él esperó hasta que todos estuvieran preparados.

-”Ahora- dijo la maestra- vamos a dibujar flores”.

“Qué bien”. -pensó el niño, a él le gustaba dibujar flores. Y comenzó a hacer bonitas flores, con lápiz rojo, naranja, azul.

Pero la maestra dijo: “¡Esperen, yo les mostraré cómo se hacen!”.

Así -dijo la maestra-. Y era una flor roja con tallo verde. “Ahora sí”, dijo la maestra. “Ahora pueden comenzar”.

El niño miró la flor de la maestra y luego la suya, y a él le gustaba más su flor que la de la maestra. Y no reveló esto. Simplemente guardó su papel e hizo una flor como la de la maestra, roja con el tallo verde.

Otro día, la maestra dijo:

-”Hoy vamos a trabajar con plastilina”.

“Bien” -pensó él, y podía hacer todo tipo de cosas con plastilina: serpientes, muñecos de nieve, elefantes de rabitos, autos y camiones. Comenzó a apretar y amasar la bola de plastilina.

Pero la maestra dijo:

- “¡Esperen, no es hora de comenzar!”

Y él, esperó hasta que todos estuvieran preparados.

“Ahora -dijo la maestra- nosotros vamos a hacer una serpiente”.

“Bien”, pensó el niño. A él le gustaba hacer serpientes. Y comenzó a hacer unas de diferentes tamaños y formas.

Pero la maestra dijo:

- “¡Esperen, yo les mostraré como hacer una serpiente larga!”. Ahora pueden comenzar.

El niño miró la serpiente de la maestra, entonces miró la suya, y a él le gustaba más la suya que la de la maestra, pero no reveló esto. Simplemente amasó la plastilina en una gran bola, e hizo una gran serpiente como la de la maestra.

Así, y luego, el niño aprendió a esperar, y a observar y a hacer las cosas como las de la maestra. Y luego no hacía las cosas por sí mismo.

Sucedió que el niño y su familia se mudaron a otra casa, en otra ciudad, y el niño tuvo que ir a otra escuela. Esa escuela era mucho más grande que la primera, tenía puerta afuera, pero para llegar a su aula, el niño tenía que subir unos escalones y seguir por un corredor largo. Y justamente el primer día que estaba allí, la maestra dijo:

- “Hoy vamos a hacer un dibujo”.

Bien, pensó el niño, y esperó que la maestra le dijera qué hacer. Pero ella no dijo nada, apenas andaba por el aula.

Cuando se acercó al niño, ella dijo:

“-¿Tú no quieres dibujar?”.

-”Sí” -dijo el niño- “pero ¿qué vamos a hacer?”.

-”Yo no sé hasta que tú no lo hagas”- dijo la maestra.

-”¿Cómo lo haré?”- preguntó el niño.

-”De la manera que quieras”- dijo la maestra.

-”¿Y de cualquier color?”- preguntó él.

-”De cualquier color”- dijo la maestra; -”si todos usasen los mismos colores e hicieran los mismos dibujos, ¿cómo se podría saber quién hizo que y cual sería de quien?

-”Yo no se”,- dijo el niño ,y comenzó a hacer una flor roja con el tallo verde.”

La verdad es que es un cuento un poco triste, pero desgraciadamente muchos más real de lo que nos creemos.

Dejemos que los niños sean niños y hagan volar su imaginación!!!

Cinco Razones para Dejar de Decir “¡Muy Bien!”

Sábado, Septiembre 13th, 2008
Por Alfie Kohn.

Salga a un sitio de juegos, visite una escuela o aparézcase en la fiesta de cumpleaños de un niño, y hay una frase que de seguro va a escuchar: “¡Muy bien!”. Incluso los bebés pequeños son elogiados por juntar sus manos (“Bonito aplauso!). A algunos de nosotros se nos escapan estos juicios sobre nuestros niños al punto de que casi se convierte en un tic verbal.

Muchos libros y artículos advierten en contra de recurrir al castigo, desde pegar hasta el aislamiento forzado (“tiempo fuera”). Ocasionalmente alguien incluso nos pedirá que reconsideremos la práctica de sobornar a los niños con stickers o comida. Pero usted tendrá que buscar arduamente para encontrar una palabra que desaliente lo que es eufemísticamente llamado refuerzo positivo.

Para que no haya ningún malentendido, el punto aquí no es cuestionar la importancia de apoyar e incentivar a los niños, la necesidad de amarlos y abrazarlos y ayudarlos a sentirse bien con ellos mismos. Los elogios, sin embargo, son una historia completamente diferente. Aquí explico por qué.

1. Manipular a los niños. Suponga que usted ofrece una recompensa verbal para reforzar el comportamiento de un niño de dos años que come sin regar, o de un niño de cinco años que limpia sus materiales de arte. ¿Quién se beneficia de esto? ¿Es posible que el decir a los niños que han hecho un buen trabajo tenga menos que ver con sus necesidades emocionales que con nuestra propia conveniencia?

Rheta DeVries, profesora de educación en la Universidad del Norte de Iowa, se refiere a esto como “control con cubierta de azúcar”. Muy parecido a las recompensas tangibles – o, para el propósito, castigos – es una forma de hacer algo a los niños para conseguir que ellos cumplan con nuestros deseos. Puede ser efectivo en producir estos resultados (al menos por un tiempo), pero es muy diferente a trabajar con los niños – por ejemplo, entablar una conversación con ellos a cerca de qué es lo que hace a una clase (o a una familia) funcionar sin problemas, o cómo otras personas son afectadas por lo que hemos hecho – o dejado de hacer. Este último enfoque no solo que es más respetuoso si no que no es efectivo para ayudar a los niños a convertirse en personas reflexivas.

La razón por la cual los elogios pueden funcionar a corto plazo es que los niños pequeños están hambrientos de aprobación. Pero nosotros tenemos la responsabilidad de no aprovecharnos de esta dependencia para nuestra propia conveniencia. Un “¡Muy bien!” para reforzar algo que hace nuestras vidas un poco más fáciles puede ser un ejemplo de tomar ventaja de la dependencia de los niños. Los niños también pueden empezar a sentirse manipulados por esto, incluso si ellos no pueden explicar a ciencia cierta por qué.

2. Creando adictos a los elogios. De seguro, no todo uso de elogios es una táctica calculada para controlar el comportamiento de los niños. Algunas veces felicitamos a los niños solamente porque estamos genuinamente complacidos por lo que han hecho. Sin embargo, incluso en esos casos, vale la pena poner más atención. En lugar de aumentar la auto estima de un niño, los elogiados pueden incrementar su dependencia hacia nosotros. Mientras más decimos “Me gusta la forma en que tú….” o “Muy bien hecho…”, incrementa la dependencia de los niños hacia nuestras evaluaciones, nuestras decisiones acerca de lo que está bien y mal, en lugar de aprender de sus propios juicios. Esto los lleva a medir su valor en términos de lo que a nosotros nos hará sonreír y darles un poco más de aprobación.

Mary Budd Rowe, una investigadora de la Universidad de Florida, descubrió que los estudiantes que eran elogiados profusamente por sus profesores eran más indecisos en sus respuestas, más proclives a responder en un tono de voz de pregunta (“mm, ¿siete?). Tendían a retractarse de una idea propuesta por ellos tan pronto como un adulto mostraba su desacuerdo. Además, tenían menos tendencia a perseverar en tareas difíciles o compartir sus ideas con otros estudiantes.

En resumen, “Buen trabajo!” no les da seguridad a los niños; en última instancia, los hace sentirse menos seguros. Este tipo de frases puede incluso crear un círculo vicioso en el que mientras más recurrimos a los elogios, más parecen los niños necesitarla, por lo que los elogiamos aún un poco más. Penosamente, algunos de estos niños se convertirán en adultos que continúan necesitando a alguien que les dé una palmada en la espalda y les diga si lo que hicieron estuvo bien. De seguro, esto no es lo que queremos para nuestros hijos e hijas.

3. Robando el placer de un niño. Aparte del problema de dependencia, un niño merece disfrutar de sus logros, sentirse orgulloso de lo que ha aprendido a hacer. También merece decidir cuándo sentirse de tal o cual forma. Pero, cada vez que decimos, “¡Muy bien!”, le estamos diciendo al niño cómo sentirse.

De seguro, hay momentos en los que nuestras evaluaciones son apropiadas y nuestra guía es necesaria – especialmente con niños que ya caminan y de edad pre-escolar. Pero una corriente constante de juicios de valor no es ni necesaria ni útil para el desarrollo de los niños. Desafortunadamente, seguramente no nos hemos dado cuenta de que “¡Muy bien!” es una evaluación tanto como lo es “¡Mal hecho!” La característica más notable de un juicio positivo no es que este sea positivo, si no que es un juicio. Y a la gente, incluyendo a los niños, no les gusta ser juzgados.

Yo disfruto y guardo las ocasiones en las que mi hija logra hacer algo por primera vez, o hace algo mejor de lo que lo había hecho hasta ahora. Pero trato de resistir al reflejo de decir “¡Muy bien!” porque no quiero diluir su alegría. Quiero que ella comparta su placer con migo, no que me mire buscando un veredicto. Quiero que ella exclame, “¡Lo hice!” (lo que ocurre regularmente) en lugar de preguntarme con incertidumbre, “¿Estuvo bien?”

4. Perdiendo el interés. “¡Muy bonita pintura!” puede hacer que los niños sigan pintando por el tiempo que nos mantengamos mirando y elogiándolos. Pero, advierte Lilian Katz, una de las principales autoridades nacionales de educación en la temprana infancia, “una vez que se quita la atención, muchos niños no volverán a esa actividad nuevamente.” Efectivamente, una cantidad impresionante de investigaciones científicas han mostrado que mientras más recompensamos a la gente por hacer algo, más tiende a perder el interés por cualquier cosa que deban hacer para obtener recompensas. Ahora el punto no es dibujar, leer, pensar, crear – el punto es tener el regalo, sea este un helado, un sticker o un “¡Muy bien!”.

En un estudio de problemas conducido por Joan Grusec de la Universidad de Toronto, los niños pequeños que fueron elogiados frecuentemente por muestras de generosidad, tendían a ser un poco menos generosos en el día a día, de lo que eran los otros niños. Cada vez que ellos han oído “¡Muy bien por compartir!” o “Estoy muy orgulloso de ti por ayudar”, ellos perdían el interés por compartir o ayudar. Estas acciones vinieron a verse no como algo valioso en su propio sentido de lo justo, si no como algo que deben hacer para obtener nuevamente esa reacción del adulto. La generosidad se convierte en el medio para un fin.

Motivan los elogios a los niños? Por supuesto. Los motivan a obtener elogios. Desgraciadamente, esto sucede frecuentemente a expensas del compromiso hacia cualquier cosa que ellos estaban haciendo y que provocó un elogio.

Disminuyendo el Desempeño. Como si no fuera suficientemente malo que un “¡Muy bien!” pueda menoscabar la independencia, el placer y el interés, puede también interferir con cuán bien los niños hacen una tarea. Los investigadores continúan hallando que los niños que son elogiados por hacer bien un trabajo creativo tienden a tropezar en la siguiente tarea- y no les va tan bien como a los niños que no fueron elogiados al principio.

¿Por qué sucede esto? En parte porque los elogios crean una presión de “continuar el buen trabajo”, llegando a interponerse en el camino de lograrlo. En parte porque su interés en lo que hacen puede disminuir. En parte porque ellos se vuelven menos propensos a tomar riesgos – un prerrequisito para la creatividad- una vez que comienzan a pensar sobre cómo hacer que esos comentarios positivos continúen viniendo.

En forma general, “¡Muy bien!” es un vestigio de un enfoque que reduce toda la vida humana a comportamientos que pueden ser vistos y medidos. Desafortunadamente, esta ignora los pensamientos, sentimientos y valores que yacen detrás de los comportamientos. Por ejemplo, un niño puede compartir un refrigerio con un amigo como una forma de atraer un elogio, o como una forma de asegurarse de que otro niño tenga suficiente para comer. Los elogios por compartir ignoran estos diferentes motivos. Peor aún, estos de hecho promueven el motivo menos deseable, haciendo a los niños más proclives a tratar de pezcar elogios en el futuro.
Una vez que usted empieza a elogiarlo por lo que es – y lo que hace – estas pequeñas y constantes explosiones de evaluación de los adultos comienzan a producir los mismos efectos que unas uñas rasgadas lentamente sobre un pizarrón. Usted comienza a alentar a un niño a dar a sus maestros y padres un bocado de su propia melaza, volteándose a responderlos diciendo (en el mismo tono de voz dulzón), “¡Muy buen elogio!”

Sin embargo, no es un hábito fácil de romper. Dejar de elogiar, al menos al principio, puede parecer extraño,. Se puede sentir como si estuviese siendo frío o guardándose algo. Pero eso, (y pronto se vuelve evidente) sugiere que nosotros elogiamos más porque necesitamos decirlo que porque nuestros niños necesitan oírlo. Siendo esto así, es tiempo de reconsiderar lo que estamos haciendo.

Lo que los niños necesitan es apoyo incondicional, amor sin compromisos. Eso no solo que es diferente a un elogio – es lo opuesto al elogio. “¡Muy bien!” es condicional. Significa que estamos ofreciendo atención, reconocimiento y aprobación por saltar a través de nuestro aro, es decir, por hacer algo que nos place a nosotros.

Este punto, usted lo notará, es muy diferente a una crítica que mucha gente ofrece al hecho de dar a los niños mucha aprobación, o dársela muy fácil. Ellos recomiendan que nos hagamos más tacaños con nuestros elogios y demandemos que los niños “los ganen”. Pero el problema real no es que los niños de esta época esperen ser elogiados por todo lo que hacen. Lo que sucede es que nosotros estamos tentados a tomar atajos, a manipular a los niños con recompensas en lugar de explicar y ayudarlos a desarrollar las habilidades necesarias y los buenos valores.

Entonces, ¿cuál es la alternativa? Eso depende de la solución, pero cualquier cosa que decidamos decir tiene que ser en el contexto del afecto genuino y amor por lo que los niños son en vez de por lo que han hecho. Cuando está presente el apoyo incondicional, un “¡Muy bien!” no es necesario; cuando no está presente, un “¡Muy bien!” no ayudará.

Si estamos elogiando acciones positivas como una forma de desalentar un mal comportamiento, esto tiene poca probabilidad de ser efectivo por mucho tiempo. Incluso cuando esto funciona, no podemos afirmar que el niño ahora “se esté comportando”; sería más preciso decir que los elogios lo hacen comportarse. La alternativa es trabajar con el niño, para descubrir las razones por las que él está actuando de esa manera. Podríamos tener que reconsiderar nuestros propios requerimientos en vez de simplemente buscar una forma de que los niños obedezcan. (En lugar de usar “¡Muy bien!” para hacer que un niño de cuatro años se siente callado durante una larga clase o cena familiar, tal vez deberíamos preguntarnos si es razonable esperar que un niño haga esto).

También debemos encaminar a los niños hacia el proceso de tomar sus propias decisiones. Si un niño está haciendo algo que molesta a otros, entonces sentarse posteriormente con él y preguntarle, “¿Qué piensas que podemos hacer para solucionar este problema?” podría ser más efectivo que chantajes o amenazas. Esto también ayuda al niño a aprender cómo resolver problemas y le enseña que sus ideas y sentimientos son importantes. Por supuesto, este proceso toma tiempo y talento, cuidado y coraje. Lanzar un “¡Muy bien!” cuando el niño actúa en una forma que nosotros estimamos apropiada no toma ninguna de estas cosas, lo que explica por qué las estrategias de “hacer algo a” son más populares que las estrategias de “trabajar con”.

¿Y qué podemos decir cuando los niños hacen algo impresionante? Considere estas tres posibles respuestas:

* No diga nada. Algunas personas insisten en que un acto servicial debe ser “reforzado” porque, secreta o inconscientemente, ellos piensan que fue una casualidad. Si los niños son básicamente malos, entonces se les debe dar una razón artificial para ser buenos (a saber, recibir una recompensa verbal). Pero si este cinismo es infundado-y muchas investigaciones sugieren que lo es-entonces los elogios no serían necesarios.

* Diga lo que vio. Un enunciado simple, sin evaluación (“Te pusiste los zapatos por ti mismo” o incluso solamente “Lo hiciste”) dice a su hijo que usted se dio cuenta. También le permite a él sentirse orgulloso de lo que hizo. En otros casos, puede tener sentido hacer una descripción más elaborada. Si su hijo hace un dibujo, usted podría ofrecer unas observaciones –no un juicio-sobre lo que usted ve: “¡La montaña es inmensa!” “¡Hijo, de seguro usaste mucho color morado hoy día!”

Si un niño hace algo cariñoso o generoso, usted podría atraer su atención sutilmente hacia el efecto de esta acción en la otra persona: “¡Mira la cara de Abigail! Ella parece muy feliz ahora que le diste un poco de tu comida”. Esto es completamente diferente a un elogio, en el que el énfasis está en cómo usted se siente acerca de la acción hecha por su hijo.

* Hable menos, pregunte más. Incluso mejores que las descripciones son las preguntas. Por qué decirle a él qué parte de su dibujo le impresionó a usted cuando puede preguntarle qué es lo que a él le gusta más de su dibujo? El preguntar “Cual fue la parte más difícil de dibujar?” o “¿Cómo hiciste para hacer el pie del tamaño correcto?” es probable que alimente su interés por el dibujo. Decir “¡Muy bien!”, como lo hemos visto, puede tener exactamente el efecto contrario.

Esto no significa que todos los cumplidos, todos los agradecimientos, todas las expresiones de gusto sean dañinas. Debemos considerar los motivos por los que los decimos (una expresión genuina de entusiasmo es mejor que un deseo de manipular el futuro comportamiento del niño) así como los efectos verdaderos de decirlos. ¿Están nuestras reacciones ayudando al niño a percibir un sentido de control sobre su vida—o de buscar constantemente nuestra aprobación? Están estas expresiones ayudándolo a volverse más entusiasta en lo que está haciendo por derecho propio, o convirtiendo en algo que él solo quiere hacer para recibir una palmada en la espalda.

No es cuestión de memorizar un nuevo guión, si no de tener presentes nuestros objetivos a largo plazo para nuestros hijos y estar alerta sobre los efectos de lo que decimos. La mala noticia es que el uso de refuerzos positivos no es realmente algo positivo. La buena noticia es que usted no tiene que evaluar para poder motivar.

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Copyright © 1994 por Alfie Kohn. Este artículo puede ser bajado de Internet, reproducido, y distribuido sin permiso siempre y cuando cada copia incluya este anuncio juntamente con la información de las citas (i.e., nombre del periódico en el que apareció originalmente, fecha de publicación, y nombre del autor). Se debe pedir permiso para reimprimir este artículo en un trabajo publicado o para ofrecerlo de venta en cualquier otra forma. Por favor escriba en Inglés a: http://www.alfiekohn.org/contactus.htm
Traducción de Mónica Salazar

NOTA: Una versión abreviada de este artículo fue publicada en la revista Parents en mayo de 2000 con el título “Hooked on Praise” (“Enganchados a los Elogios”). Para una visión más detallada de los temas discutidos aquí, por favor refiérase a los libros Punished by Rewards y Unconditional Parenting.

¡La vuelta al cole!

Lunes, Septiembre 1st, 2008

Articulo recopilado por: Vicky Albert

Fuente: http://www.aeped.es/

Redacción del Artículo: Rosalía Torres
Asesorada por: Itziar Martínez Amat. Psicopedagoga.

Para unos es su primera vez, para otros un duro regreso y para los padres un sinfín de gastos que parecen no terminar nunca…

La vuelta al cole no es tan fácil como parece. Te ofrecemos una serie de consejos para que el regreso se realice de la mejor manera posible. 

Se estima que en la actualidad el 10 % de los niños sufren un trauma temporal a la hora de volver al colegio. Esta situación es más frecuente en personas tímidas, poco sociables y con miedo a la novedad.

Cuando llega septiembre los padres se echan las manos a la cabeza. Los niños se vuelven perezosos para levantarse, para hacer los deberes, etcétera. ¿Qué está pasando? ¡Empieza el cole! Normalmente la mayoría de los pequeños suelen tener ganas de regresar al colegio, de ver a sus amigos, de los que han estado separados durante todo el verano pero, para otros, la vuelta al cole se hace cuesta arriba; volver a la rutina y a los madrugones y acabar con su merecidas vacaciones les supone una situación difícil de superar. Todo dependerá del carácter del niño y sobre todo de cómo pasó el año anterior; si fue divertido y satisfactorio recordará el colegio como algo positivo y no mostrará problemas para acudir a él.

Por otra parte, está el caso de los niños que van a acudir por primera vez a un centro escolar, que se van a encontrar con situaciones nuevas que les resultan desconocidas. En ambos casos, los niños se irán adaptando a las nuevas situaciones de una manera paulatina y progresiva.

Según explican expertos de la Universidad de Harvard, una de las mejores formas de ayudar al niño a superar su ansiedad ante la vuelta al cole es hacer de este lugar un sitio lo más familiar posible, por lo que recomiendan que antes de que empiece el curso, sobre todo si es el primero para el niño, se visite la clase y se permita al niño que juegue en el patio y que inspeccione el edificio. De este modo, el niño no verá el colegio como un centro extraño y ajeno a él, la toma de contacto anterior al inicio de las clases es fundamental para que el pequeño inicie su etapa escolar del mejor modo posible.

Proceso de adaptación

Tanto si tu hijo es principiante como si es veterano, va a ser fundamental el apoyo de los padres y del ambiente en el que se desarrolla el niño. Al igual que los adultos reaccionamos con nervios y ansiedad ante situaciones nuevas, los niños, aunque son pequeños, también sufren estas sensaciones y sentimientos. Tenemos que ser pacientes y demostrarles que estamos tranquilos y seguros, que les apoyamos en todo momento.

Hay que hablar con ellos de la nueva situación, de lo que van a ver, sentir y vivir. Los padres han de procurar vivir con los niños todos los momentos que se irán sucediendo antes y después del comienzo de las clases como comprar con ellos los materiales necesarios, los uniformes, los libros, forrarlos juntos, etcétera, todas esas cosas que si las hacemos con ellos les haremos participes de todo el proceso y que muchas veces ayudan en los momentos críticos como puede ser el primer día de clase.

Pero exigir y pretender que todo sea maravilloso desde el primer día no nos ayudará en nada. Es aconsejable que antes de que los niños comiencen el colegio o la guardería, los padres durante el final de las vacaciones dediquen tiempo a ayudarles a que el cambio no sea tan brusco y repentino y que la vuelta al cole sea una experiencia buena:

Pautas de actuación con los veteranos: 

- Antes de empezar el colegio, organizaros y no dejéis las cosas para el último día.
- Informaros de los profesores que va a tener el niño, de los materiales que necesitará, de las actividades extraescolares que hay en el nuevo curso, etcétera. 
- Durante las vacaciones no conviene que los niños estén todo el día jugando y viendo la tele. Existen un montón de actividades que son juegos pero que a través de ellos estamos induciendo al aprendizaje de una manera diferente y divertida: salir al campo, ir a la compra… Aunque no lo creamos estaremos trabajando ciencias y matemáticas.

- Si durante todo el verano el niño se ha ido a la cama un poco más tarde, ha desayunado y comido a diferentes horas, no podemos pretender de la noche a la mañana volver a establecer las rutinas que conlleva empezar el colegio. Deberíamos ir cambiando poco a poco los horarios para que se vayan adaptando y luego no les cueste tanto.

Pautas de actuación con los más peques: 

- Los primeros días conviene que los niños vayan a la guardería solamente unas horas, no la jornada completa y que poco a poco se incremente el número de horas.
- A la hora de las despedidas no las alargues, si lo hacéis, lo único que conseguiréis es que el niño se sienta inseguro. Debemos mostrarles que estamos seguros de lo que estamos haciendo.
- Es bueno que dejemos al niño llevarse su peluche o juguete preferido, le puede trasmitir seguridad y tranquilidad.
- Sería beneficioso para el niño que durante los primeros días la madre y el padre le lleven y le recojan juntos de la guardería.
- Por la mañana tranquilidad: prepararos sin prisas y sin agobios para que el niño llegue a la guardería relajado.
- Hay que estar al día de las comidas que realizan los niños, los cambios de pañal, etc.
- Cualquier cambio que observéis en el niño y que os genere dudas comunicarlo a los responsables de la guardería.

Un momento muy especial

Debemos conseguir que la vuelta al cole sea tanto para nuestros hijos como para nosotros un momento muy especial que se viva con ilusión y con entusiasmo por el nuevo mundo que espera en el colegio: nuevos libros, nuevos conocimientos, nuevos aprendizajes, nuevos hábitos, nuevas relaciones, mayor autonomía… es decir, diferentes experiencias, todas ellas muy importantes, para el desarrollo de los pequeños.  

 Os recomiendo que leáis el artículo completo en:

http://www.aeped.es/mipediatra/pdf/8_septiembre2006_tema_cole.pdf

Guia para los padres que quieren enseñar disciplina a sun hijos de forma positiva

Miércoles, Marzo 5th, 2008

Articulo: Mª Jose Hortelano

Publicado:Dra. Suzanne Dixon

Es difícil encontrar algo que preocupe más a los padres que la ardua tarea de enseñar disciplina a un niño. Todos queremos que nuestros hijos se comporten bien, pero es difícil lograrlo sin anular su creatividad ni disminuir su autoestima. ? He llegado a la conclusión de que el cuidado de los hijos es un área en la cual muchos de los fantasmas de la infancia aparecen y ocasionan problemas?. Esta frase, acuñada por la conocida experta en desarrollo infantil Selma Fraiberg, se refiere a los recuerdos de la infancia, las experiencias pasadas y los tipos establecidos de pensamiento y conducta que todos utilizamos al criar a nuestros hijos. Estos fantasmas pueden complicar aún más el cuidado de los hijos, ya que algunas veces decimos una cosa, pero en el fondo sentimos y pensamos otra.

Enseñanza y aprendizaje

El término “disciplina” deriva de una palabra que significa “enseñar”, no castigar. Nuestro objetivo debería ser enseñar a los niños a comportarse adecuadamente, a controlarse y a mostrar respeto hacia los demás. Si los padres tienen claro lo que quieren enseñar y toman en cuenta lo que el niño puede aprender según su etapa de desarrollo, será más fácil poner en práctica las estrategias necesarias. Desde el punto de vista de los niños, cuanto más sencillo sea el mensaje que se les quiere enseñar y menor sea el intervalo entre la acción y su consecuencia, más fácil será el aprendizaje.

La importancia de sentir la aprobación de los padres

Casi todos los niños quieren hacer lo que sus padres quieren que hagan. El amor y la atención de sus padres son las mayores motivaciones de los pequeños y éstos se esforzarán mucho por obtenerlos. Los problemas surgen cuando los padres prestan poca atención a sus hijos o cuando se concentran demasiado en las conductas negativas y no perciben las cosas buenas que los pequeños hacen para complacerlos. A menudo, un problema de disciplina simplemente se esfuma cuando los padres reorientan su atención al aspecto positivo y estratégicamente pasan por alto el negativo. Nada es más eficaz que la aprobación de los padres y que el niño sienta que es capaz de hacer lo que las demás personas quieren que haga. Estas recompensas “internas” son las más importantes, porque ayudan al niño a sentirse orgulloso de sí mismo y a responder a la próxima dificultad que la vida le presente.

Cuando los métodos de disciplina no funcionan

A veces los padres esperan demasiado de un niño dado su nivel de desarrollo, sus circunstancias o ambos aspectos. Los siguientes son algunos casos frecuentes, así como algunas estrategias para obtener mejores resultados.

Las instrucciones de los padres son demasiado vagas. Las peticiones del tipo “Compórtate” o “Sé un buen niño” no tienen mucho sentido para un pequeño que aún no cumple los 10 años. Especifique lo que quiere que haga su hijo. Dígale “Deja de gritar” o “Devuélvele el camión a Pedro”.

La tarea es demasiado grande para el niño. Son muy pocos los niños pequeños que entienden el concepto “Limpia tu habitación”. Los niños responden mejor a instrucciones como “Recoge los bloques” o “Pon la ropa en la cesta”. Si logran realizar varias tareas pequeñas con éxito, se sentirán animados para hacer la próxima.

El niño no logra ver la relación entre su conducta y la recompensa o consecuencia. Si la consecuencia ocurre mucho después de la transgresión, el niño en realidad no aprende nada. Por ejemplo, no tiene sentido recompensar a un niño de 3 años al final de la semana por la buena conducta que tuvo durante ese período, ya que su memoria y sentido del tiempo no son lo bastante maduros como para entender lo que esto significa. Mientras más pequeño sea el niño, más corto debe ser el lapso que transcurre entre la acción y su resultado.

Se espera mucho del niño. Los niños muy pequeños saben que la palabra “no” significa dejar de hacer lo que están haciendo, pero no pueden pensar en otra alternativa si aún tienen la tentación original al alcance de la mano. Por ejemplo, los botones del televisor resultarán muy tentadores para su hijo a menos que le dé otra actividad lejos del aparato.

Demasiados “no”. Si el mundo del niño no es otra cosa más que un mar de prohibiciones, entonces no prestará atención a ninguna de ellas. Los padres deben jerarquizar los distintos temas y trabajar en uno o en algunos de ellos a la vez.

El niño está agotado. No intente dar lecciones de buena conducta a su hijo cuando esté cansado, tenga hambre, esté muy disgustado o tenso. Obtendrá mejores resultados si primero aleja al pequeño de la situación en que se encuentra, le brinda lo que necesita para que recupere sus energías (una siesta, un refrigerio, un abrazo) y luego lo vuelve a intentar.

Los padres están agotados. Si está más disgustado que su hijo, no podrá enseñarle nada que sea realmente importante. Dése un respiro. Si bien los niños aprenderán y de hecho deberían aprender que los padres tienen respuestas emotivas ante su conducta (la expresión de su rostro, su voz y su conducta son señales que le permiten juzgar la respuesta de los demás ante sus actos), evite perder el control. Tanto usted como su hijo se asustarán con su reacción exagerada. Además, lo más probable es que se arrepienta de lo que dice o hace.

Preguntas más frecuentes

P:
Mi hijo de 3 años no permanece sentado en el asiento de seguridad del coche. Siempre se las arregla para bajarse. Todas las mañanas peleamos mucho cuando lo llevo a la guardería antes de irme al trabajo. Esta situación me está volviendo loca. ¡Ayúdenme!

R:
La seguridad en el automóvil es un área en la que no debería haber concesiones y en la que debería existir la menor cantidad posible de discusiones. Su hijo debe permanecer en el asiento, por lo tanto, póngale el cinturón lo más apretado que pueda, sin que llegue a incomodarlo. En el caso de algunos niños que tienen la piel sensible, es mejor cubrir las correas con fieltro o terciopelo. Asegúrese de que esté sentado derecho para que pueda mirar hacia afuera. Compruebe que el sol no le dé directamente en los ojos; si es así, instale una pantalla protectora en la ventana. Ofrézcale un incentivo, como un juguete. Detenga el automóvil cada vez que el pequeño se baje del asiento, aun cuando al principio tenga que hacerlo cientos de veces. No le hable mucho y vuelva a acomodarlo rápidamente en el asiento de seguridad. Si usted se mantiene firme y es absolutamente constante, el pequeño terminará por aprender. Considere la posibilidad de salir con más tiempo en la mañana y asegúrese de estar descansada cuando se enfrente a la situación con este nuevo método más firme. Puede anunciarle este nuevo sistema el día anterior sin discutir mucho el asunto. La otra parte de esta historia puede ser el conflicto que ambos tienen al despedirse por la mañana. Esta lucha constante puede deberse en parte a la tristeza que ambos sienten al separarse durante el día. Es probable que su hijo tenga conciencia de que con esta pelea del asiento de seguridad puede aplazar el momento de la separación y llamar mucho más su atención, aun cuando sea de forma negativa. Dense un poquito más de tiempo cada día y creen una breve rutina con la que ambos puedan contar y que sea más segura que las peleas en el automóvil. Haga del reencuentro al final del día un momento especial. Preocúpese de la cena y de los quehaceres domésticos después de haberse dado el tiempo para reencontrarse con su hijo.
- Suzanne Dixon, Doctora en medicina

P:
¿Qué puedo hacer para que mi hijo de 19 meses no tire la comida? Por lo general, si lo hace varias veces para desafiarme, le quito el plato y le digo que no le daré nada para comer si continúa tirando la comida.

R:
Me parece que está malinterpretando la conducta del pequeño y, al mismo tiempo y sin darse cuenta, la está incentivando. Todos los niños de esta edad juegan con la comida, porque es una de sus formas de descubrir cómo funciona el mundo. Su intención no es desafiarla. Me parece que le está prestando demasiada atención cuando tira la comida. Recuerde que incluso si le grita puede incentivar esta conducta, ya que se dará cuenta de que tirar la comida es la forma más segura de llamar su atención. Esto nos lleva a responder su pregunta en dos partes: primero, préstele mucha atención cuando esté comiendo sin tirar la comida. Dígale que es un muy buen niño y que está cada día más mayor. Si tira la comida, simplemente dígale: “La comida no se tira”. Luego no le preste atención por 15 segundos. Así aprenderá rápidamente que llama más la atención cuando come sin tirar la comida.
- Lawrence Kutner, Ph.D., psicólogo clínico

P:
Mi hija cumplirá 10 meses. ¿Cuál es la forma correcta de enseñar disciplina a los niños pequeños? ¿Cómo puedo hacer que no toque nuestras cosas? Temo que si no le enseñamos ahora, será muy tarde cuando cumpla 2 años, ¿o me equivoco?

R:
Es muy importante que su hija toque todo tipo de cosas, pues ésa es su forma de aprender. Lo único que usted no quiere es que se lastime o que rompa algo valioso. Por esta razón, el mejor método de disciplina a esta edad es controlar el lugar en el que se encuentra la pequeña. Ningún tipo de conversación funcionará con un niño de esta edad. Si no quiere que toque su costoso florero de cristal, simplemente póngalo en una repisa alta que esté fuera de su alcance. Si no quiere que la pequeña se caiga por las escaleras, instale una puerta. Su método de disciplina cambiará a medida que su hija madure y pueda comprender las consecuencias de sus actos. Sólo recuerde que la disciplina está más relacionada con la enseñanza que con el castigo.
- Lawrence Kutner, Ph.D., psicólogo clínico

P:
Mi hija de 19 meses empieza a darme manotazos en el rostro y a decir “no” cuando no le doy lo que quiere. ¿Es normal que los pequeños de su edad hagan esto?

R:
Si bien muchos pequeños dan golpes a diestro y siniestro cuando se sienten frustrados ello no significa que deba pasar por alto su conducta.Dígale “¡No me pegues!” No le responda con un golpe, porque si lo hace, sólo empeorará las cosas. Recuerde que ella no le pega porque esté enojada o porque usted haya cometido algún error como madre o padre, sino porque se siente agobiada. Simplemente mantenga la calma. Esto permitirá que su hija recupere el control. En el caso de algunos niños de esta edad que ya lo han “perdido”, puede resultar útil rodearlos con los brazos por algunos minutos para que no puedan pegarle a nadie. A veces también puede ayudar distraerla cuando vea que está empezando a agitarse. A medida que su hija crezca, se sentirá con mayor control para enfrentarse a emociones fuertes.
- Lawrence Kutner, Ph.D., psicólogo clínico

P:
Mi hijo tiene 28 meses y nos cuesta mucho vestirlo. Sólo quiere usar pijamas. ¿Qué podemos hacer?

R:
Antes que nada, recuerde que, durante esta etapa, lo más probable es que la principal respuesta de su hijo sea resistirse a todo lo que le haga. La actitud negativa es su gran tarea en este momento; forma parte de su lucha por obtener más independencia. Sin embargo, es importante que los niños de esta edad cuenten con una estructura, una rutina y también con una disciplina que sean claras. De no ser así, es probable que parezcan asustados o, tal como decimos habitualmente, ?malcriados? (es decir, en busca de límites). Todo este preámbulo es para decirle que ustedes son los adultos y que lo importante es que mantengan una estructura en su actividad diaria. Su hijo tiene la opción de aceptar dicha estructura tranquilamente o bien protestar, lo que seguramente hará cuando intente vestirlo. Usted tendrá que realizar esta tarea a pesar de sus protestas. Decida en qué batallas va a pelear. En cuanto a otros asuntos menos importantes, es mejor no considerarlos. Tal vez sea más fácil vestirlo de pie. Escoja ropa que sea fácil ponerle y permita que le “ayude” a prepararlo para salir. Pásele los calcetines para que intente ponérselos. No le dé muchas opciones. Tome dos trajes o incluso un par de pantalones y dos camisetas y dígale: “¿Qué camiseta prefieres usar con tus pantalones azules? ¿La roja o la blanca?”. Si esto no funciona, dele algo para que se entretenga mientras lo viste. Mantenga la calma y vístalo rápidamente en forma práctica; mientras menos le demuestre su enojo, menos recompensa obtendrá el pequeño por sus protestas. Cuando termine, mímelo y dígale algo así como: “Siento mucho que no te guste vestirte, pero tú y yo sabemos que teníamos que hacerlo”. A esta edad, las protestas son normales y saludables y no merecen castigo. Por esta razón, tampoco debería prestarles mucha atención. El manejo eficaz de las rabietas enseña al niño que las pataletas no funcionan.
- T. Berry Brazelton, Doctor en medicina

P:
Tengo un hijo de 18 meses que ha empezado a golpear con bastante frecuencia a otros niños, aunque no tiene tanta fuerza como para lastimarlos. Es su forma de obtener atención de mi parte, y no sé cómo manejar esta situación. ¿Qué tengo que hacer cuando estemos en público y se acerque a un niño desconocido y le pegue? Tengo un niño mayor, así que no puedo simplemente pasar por alto la situación pues sería injusto para mi hijo de 2 años. ¡Ayúdenme, por favor! Estoy en un gran aprieto.

R:
Aunque su situación parezca ser muy frustrante, es bastante común, pues muchos niños alrededor de los 18 meses expresan sus sentimientos de manera física. Como usted bien sugiere, también es probable que su pequeño quiera llamar su atención. A esta edad, los niños piensan de manera muy egocéntrica, es decir, todo ocurre debido a ellos y sólo pueden pensar en algo o alguien desde su propio punto de vista. No se trata de egoísmo, sino que es sólo su forma de ver el mundo. Trate de que note la atención que usted le presta cuando se comunica sin golpear a nadie. Los estímulos positivos por una buena conducta enseñan mejor que las consecuencias negativas que produce una mala conducta. No lo haga participar en acontecimientos sociales si sabe que está a punto de dormir su siesta o si tiene mucha hambre como para quedarse tranquilo. Asimismo, trate de pasar algo de tiempo a solas con él todos los días, en un momento en que pueda prestarle toda su atención mientras juegan juntos. Muéstrele cómo tocar con delicadeza cuando usted o él quieran expresar sentimientos positivos hacia otra persona. No se dé por vencida. Dentro de muy poco, su pequeño desarrollará el lenguaje que le permitirá comunicarse de forma más eficaz.
- Peter A. Gorski, Doctor en medicina

P:
Mi hijo de 23 meses acaba de pasar dos meses con sus abuelos, quienes lo malcriaron al prestarle demasiada atención. Ahora quiere que le prestemos atención todo el tiempo y todo tiene que ser como él quiere. Cuando adoptamos una actitud firme, se tira al suelo y termina dándose golpes en la cabeza. No podemos pasar por alto su actitud porque sus rabietas parecen interminables. ¿Es necesario que lo examine un experto en desarrollo infantil o sólo es parte de los terribles dos años?

R:
Su hijo se encuentra en una etapa normal de crecimiento. Es bastante común que niños de esta edad (e incluso mayores) tengan rabietas porque se sienten frustrados. Una vez que adquiera mejores habilidades verbales, irán desapareciendo de forma natural. Es importante que usted evite que se lastime cuando tenga una de estas rabietas. Intente tomarlo en brazos, llevarlo a un lugar seguro y luego hablarle con calma. Independientemente de lo que decida hacer, no ceda ante sus exigencias o el pequeño pronto aprenderá a obtener lo que quiere con las rabietas. Al parecer, su pequeño está poniendo a prueba sus límites y usted se encuentra atrapado en un círculo vicioso. El pequeño le exige su atención y como usted teme malcriarlo, evita prestársela. El resultado es que él se frustra y pide más. Al final, ambos terminan disgustados. En lugar de eso, intente prestarle mucha atención, con mimos, juegos y conversaciones, para que se sienta protegido y seguro. Si evita prestarle atención, su hijo sólo querrá que lo tome más en cuenta. Una vez que sienta esa protección adicional, será menos exigente. Incluso, es probable que con este método descubra que ahora le presta atención durante menos tiempo que cuando peleaban. Es de esperar que usted se sienta mejor y que las rabietas disminuyan.
- Lawrence Kutner, Ph.D., psicólogo clínico

P:
Mi hija tiene 22 meses y todavía mama. Le doy de mamar sólo dos o tres veces al día cuando estamos en casa, generalmente antes de que se vaya a la cama o antes de su siesta. El problema es que me pide (a veces en un tono de voz bastante alto) que le dé de mamar cuando estamos en público. ¿Podría darme algunas sugerencias? ¿Es muy grande para que le siga dando de mamar?

R:
Estoy segura de que son muchas las respuestas que hay para esta pregunta. En algunas culturas los niños maman hasta una edad muy avanzada. Tengo la impresión, por el tono de su pregunta, de que se siente incómoda con las peticiones de su hija, especialmente en público. En vista de la edad que tiene su pequeña, sería aconsejable decirle que ahora sólo la amamantará en casa. Si necesita beber líquido, dele algo en un vaso o lleve siempre algo cuando salga. Por lo general, los niños pequeños exigen muchas cosas. Ésa es una de las formas que tienen para mostrar su independencia. Sin embargo, los padres deben poner límites constantemente, a menudo por razones de seguridad. Está bien decirles que “no” e intentar desviar su atención de lo que estaban exigiendo. Si usted es constante, generalmente cambian de actitud. Si aún disfruta amamantándola en casa antes de dormir, continúe haciéndolo. Si está lista para destetar a su hija, ofrézcale beber de un vaso, léale un cuento, dele un par de abrazos y luego déjela. Si le pide mamar, dígale que ahora tiene que beber de un vaso. De ser posible, pídale al padre de su hija que la acueste para cambiar el esquema. Puede que esto tome un poco de tiempo, ya que ha estado acostumbrada a seguir el esquema anterior durante casi dos años, pero en poco tiempo se adaptará a la nueva rutina. ¡Buena suerte!.
- Linda Jonides, enfermera pediátrica

P:
Tengo mellizos de 4 años que compiten demasiado entre sí. ¿Cómo puedo fomentar una relación pacífica entre ellos?

R:
La rivalidad entre hermanos es normal e inevitable. Los niños llegan a conocerse a sí mismos y al resto de los niños por medio de la experiencia. Por lo tanto, lo mejor que puede hacer es no tomar parte en la rivalidad. Si deja que ellos mismos solucionen el problema, aprenderán a cooperar y a cuidar más el uno del otro que si usted se entromete. Sin embargo, si uno de ellos acusa al otro, lo que seguramente ocurrirá, no lo recompense por haberlo hecho. Recuérdele al chivato lo disgustado que él se pondría si su hermano lo acusara, y dígale que usted no quiere verse comprometida de esta forma. Recompense a sus hijos si se han relacionado en forma positiva el uno con el otro. Sin importar qué haga, resista el impulso de solucionarles el problema. Tienen que aprender a convivir como familia, una de las lecciones más importantes que podemos recibir. Recuerde: el cariño y la competencia son las dos caras de la misma moneda.

* Artículo realizado por la Dra.Suzanne Dixon
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Guia para los padres que quieren enseñar disciplina a sus hijos de forma positiva

Tu hijo es una buena persona (por Carlos Gonzalez)

Jueves, Febrero 7th, 2008

Artículo recopilado por Vicky Albert

Autor: Dr. Carlos Gonzalez

Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable… En cambio, si una madre exclama “mi hijo es muy bueno”, casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que “no hace más que comer y dormir” (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: “¡Qué monos son… cuando duermen!” 

Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las o­ndas de la radio, se llenan de “problemas de la infancia”: problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos… Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema.
Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo.

Aún peor, con frecuencia llamamos “problemas”, precisamente, a sus virtudes. 
 

Tu hijo es generoso

Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!

Tal vez la mamá de Marta piense que su hija “no sabe compartir”. Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.

Tu hijo es desinteresado

Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada… pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere? La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego “si te he visto no me acuerdo”? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?
El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.

Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice “hambre”, “agua”, “susto”, “pupa”; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice “mamá”. Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo… Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: “papá, mamá, venid, os necesito”, no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?

Tu hijo es valiente

Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. “¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!” Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.

Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. “Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar” es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.

Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras… son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.

Tu hijo sabe perdonar

Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos…

Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. “¿Será posible?” “Mírala, no le pasa nada, era todo cuento”.

No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? (”Mamá se ha estado portando mal…”). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.

Tu hijo sabe ceder

Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro.

Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.

Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un “Tontanchante”, “la tontería que se engancha y es un poco repugnante”, y que todos los de su clase tienen ya. “Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?” “¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero…!” Ya tenemos crisis.

Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.

Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos “salimos con la nuestra” cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.

Tu hijo es sincero

¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público “¿Por qué esa señora es calva?” o ¿Por qué ese señor es negro?” Que contestase “Sí” cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar “Sí” a nuestra retórica pregunta “¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?”

Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese “feo vicio”. Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.

Tu hijo es buen hermano

Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: “Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para tí solito. Pero te seguiré queriendo igual”. ¿No le parece que estaría “un poquito” celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.  

Tu hijo no tiene prejuicios

Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir “vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles”? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.  

Tu hijo es comprensivo

Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.

Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años (”De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis…”) La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.

La semilla del bien

Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.

Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la “falta de disciplina”, que se hubieran evitado con “una bofetada a tiempo”. Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo “adecuado” para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.

Autor: Dr. Carlos González, pediatra

Educación - Porque con tres años son más fáciles de educar.

Jueves, Febrero 7th, 2008

Artículo recopilado por Vicky Albert

Autor: Doctor Sears
http://www.askdrsears.com/html/6/T064200.asp

Traducido por Sole, de la web DormirSinLlorar

Con tres años es mas fácil la convivencia. Con tres años tienen las habilidades lingüísticas que permiten la comunicación real en dos direcciones. Permiten las conversaciones. El niño de tres años es una persona más establecida, habiendo empleado el ultimo año en perfeccionar sus habilidades verbales. Usted puede llevarse a su hijo de 3 años de compras y disfrutar con ello.

INTERNALIZAR

“Le he pedido a mi hijo de 18 meses una y otra vez que no le tire del rabo al gato” Le suena familiar? Las madres se encuentran a sí mismas diciendo la misma cosa una y otra vez a los niños mas pequeños., y es como si no lo hubieran escuchado nunca. Muchas ordenes no llegan a calar hondo, y no es porque el niño sea desafiante, sino porque muchos niños menores de 3 años no tienen la habilidad cognitiva para recordar y reflejar instrucciones previas. Usted debe repetirse a sí misma: asi es como aprenden a esta edad.

Un dia usted se dará cuenta de que no ha advertido a su hijo que no debe tirar del rabo del gato durante una semana. Entre los 2 y los 3 años un niño empieza a internalizar lo que usted le dice. Presta más atención a las ordenes y las guarda en su memoria como parte de su sistema operativo. Cuando usted le dice “no cruces la calle” a un niño de 18 meses, puede actuar como si fuera la primera vez que lo oye. Cuando usted le dice lo mismo a un niño de 3 años, su reacción parecerá reflejar: “ah, si, ya recuerdo”. Esta habilidad para hacer que las normas formen parte de sí mismo (auto disciplina) hace la educación mas sencilla.

COMPARTIENDO EMOCIONES

El niño de 3 años es menos egocéntrico y se da cuenta de que hay otras personas en el mundo tan importantes como él. Este sentimiento de compañerismo puede funcionar como ventaja o desventaja de los cuidadores en la educación. Mientras que un niño de 2 años nota las emociones de sus padres, el niño de tres años se ve implicado en ellas.

Un comentario del diario de nuestro hijo Mathew cuando tenia 3 años: Marthe (su madre) le pidió que recogiera sus bloques de madera como aparte de nuestro rato diario de “hora de que los niños recojan”. Matt remoloneaba e iba dejando que su hermana mayor hiciera todo el trabajo. Martha le dijo que se estaba poniendo muy triste porque el no obedecía, pero se dió cuenta de que Matt necesitaba tiempo para reconsiderar su posición. Ella se alejó por unos minutos y en ese momento Mathew comenzó a realizar su trabajo. Mientras recogia sus bloques, preguntó: “aun me quieres?” Martha se lo aseguró: “incluso cuando lloras y gritas y desobedeces, te quiero” Matt continuó “te gusto?” Martha contestó: “si, tu me gustas, pero no me gusta cuando no escuchas ni ayudas. Me gusta cuando tomas las decisiones adecuadas”. Cuando finalizó el trabajo, Mathew se dirigió a Martha, la abrazó y le pidió disculpas. Martha sonrió y se disculpó a su vez por haberle gritado. Unos minutos mas tarde, Mathew preguntó”estas contento conmigo mamá?”.

Esta es la profundidad de intercambio emocional que usted puede esperar entre los 3 y 4 años de edad. Realmente desean hacerla feliz. Usted encontrará mucho mas fácil vivir con niños si les da ocasiones para agradar.

Un niño de 3 años se puede encontrar más satisfecho consigo mismo. A los tres años comienzan a recompensarse a si mismos. Por ejemlo, una noche nuestro hijo Mathew anunció: “he encendido el arbol de navidad yo solo”, reconocimos su triunfo, y él exclamó “estoy tan satisfecho de mí mismo,…”
 

NORMAS EN CASA

Los tres años son a menudo descritos como “el sueño absoluto de una madre”, principalmente porque los niños de tres años son más obedientes. Los noes de los 2 años se vuelven sies a los 3. “de acuerdo mamá”, se vuelve más rapido y más colaborador.

Aunque siguen apareciendo discrepancias, usted podrá ahora respirar con más facilidad, sabiendo que es más facil que se encuentre un niño de 3 años colaborador que un niño de 2 años negado a todo. Mientrás que un niño de 2 años piensa que nadie puede tener una agenda tan importante como la suya, los de 3 años consideran las necesidades ajenas. Espere de ellos que acudan a su llamada, que dejen los juguetes cuando deben (casi siempre) y en general, querrá agradarle. Pero estos cambios no aparecen del dia a la noche.

El niño de 3 años comprende las normas de la casa y las consecuencias de romperlas. Comienza a internalizar tambien los valores de los padres. Usted puede ampliar gradualmente las explicaciones sobre lo que usted espera de ellos, de acuerdo con la madurez mental del niño. Los niños de dos años actuan asociando actos y consecuencias (por ejemplo: si pego, mi mamá me baja de sus brazos), mientras que un niño de tres años puede entender porque no debe utilizar su triciclo en la calle: comienzan a pensar antes de actuar (aunque no debemos fiarnos de esto). Aunque son capaces de predecir las consecuencias de sus actos, aun no tienen habilidad para decidir se la acción es correcta o incorrecta, solo encuentran en su cerebro la norma que usted les ha dado. A esta edad la educación aun consiste en crear en los niños una serie de condicionamientos para que actuen de una determinada manera, pero aun no es posible enseñarles a hacer juicios morales (el concepto de bien y mal no aparece hasta los 6 años).

Algunas técnicas educativas que son marginales para niños de 2 años, funcionan muy bien con los de 3.

Un niño de 3 años fuera de control, puede entender el “tiempo fuera” si no se plantea como un castigo, sino como un tiempo para retomar el control sobre sí mismo. Los padres se preguntan cuanto comprende su hijo. Como regla informal para todas las edades, haga una estimación de cuanto cree usted que comprende, y multiplíquelo por dos
 

OPCIONES, OPCIONES, OPCIONES

A los niños de 3 años les encantan las opciones. Compartir con ellos el proceso de selección les hace sentirse importantes y les hace más propensos a colaborar.. Comparta con el niño de tres años sus procesos de selección: “¿Qué vestido se pondrá hoy mamá? ¿el rojo o el azul?”. Los niños con personalidades persistentes necesitan opciones (esté seguro de que le gustan todas las alternativas). La mayor parte de los niños se sienten mejor con dos opciones: más puede sobrepasarles. No sienta que debe usted ser psicológicamente correcta todo el tiempo. En algunas situaciones seguirá siendo necesario seguir estando al mando y dar algunas ordenes directas.

IMAGINACION VIVIDA

La habilidad de vivir en un mundo imaginario, ayuda a los niños a aprender sobre el mundo real. Hacen juegos de rol permanentemente: juegan a ser animales, mamá y papá, médico y paciente, conductores de camión, profesores, princesas…..comparta con ellos su juego imaginativo (¿Quién vendrá a tu fiesta?). El juego imaginativo de los niños es una ventana excelente a lo que sucede en su cabeza.

Se puede utilizar la imaginación de los niños para obtener su colaboración. La madre de un niño de tres años le enseñó de la siguiente manera a cepillar los dientes: “Brandon, en tu cepillo de dientes hay una imagen de Barney, (y haciendo la voz de Barney, o cualquiera que sea el personaje que hay en su cepillo) “Hey, Brandon, ¿hay algo de suciedad en tus dientes?, déjame mirar.” Esto hizo que Brandon abriera su boca inmediatamente, para permitir a Barney mirar y retirar la suciedad de los dientes. Después la madre habló con Brandon sobre la necesidad de limpiarse los dientes para no dejar que se acumule la basura en ella..Desde entonces el cepillado de los dientes se ha vuelto mucho más fácil, ya que su madre ayudó a Brandon a cooperar.

La mente de un preescolar es rica en fantasía. Para los niños de tres años Epi y Blas son reales. No desperdician energía intentando separar realidad de ficción: tan solo disfrutan de ello. Los padres pueden sentir la urgente necesidad de purgar la frágil mente de sus hijos de estas cosas irreales: resista este impulso. Haga un balance. Deje que el niño disfrute de sus fantasías. A medida que sus procesos mentales se van haciendo más sofisticados, irá aceptando que estos caracteres de ficción son irreales. Usted no tiene que manipular su entorno para mantener la ficción, de la forma que algunos padres hacen para que su hijo continue creyendo en Santa Claus o el conejo de pascua. Disfrute de estos juegos como lo que son: irreales. Santa Claus es una figura amable, no de castigo. Y todo el mundo disfruta con la fantasía, incluso para los adultos puede resultar terapéutica.. Utilice el comportamiento de su hijo como barómetro para saber si estas experiencias le resultan beneficiosas o perjudiciales. La misma mente imaginativa que crea fantasías también puede crear miedos.

Doctor Sears